domingo, 2 de enero de 2011

Segmento II

-Todo sigue igual, ¿no es así? -Preguntó el calvo anciano mientras miraba por la ventana.

No entendía qué hacía allí ni quién era aquel hombre.

-¡¿Me equivoco?! -Exclamó el anciano clavando ahora en él su mirada-. Nos ha costado mucho llegar hasta aquí para que en un alarde de estupidez arrases con todo.

Acababa de darse cuenta de que tenía las manos atadas a la silla en la que se encontraba sentado.
                     
-¿De verdad que no lo entiendes? -Preguntó desesperado el anciano con ojos nerviosos-. Nos vas a arrastrar a todos en tu caída.

Un gato de pelo marrón apareció de entre las cortinas de la ventana, se le acercó y se quedó mirando con suma atención al maniatado sujeto. Tras emitir un elegante maullido se le arrimó a las piernas y, una vez estuvo cerca de él, empezó a lijarse las uñas en la pata de la silla. Parecía que el gato le estaba sonriendo.

Una luz demasiado fuerte entraba por la ventana y no le dejaba ver bien. Parecía que el sol brillaba el doble, tenía que ser mediodía. El anciano cogió una silla y se sentó delante de él.

-Es hora de que dejes de jugar... Ya sabes, la suerte es una ramera de primera calidad.

Un niño llegó por su derecha desde detrás de la silla. Acercándosele a su oído le murmuró...

-Hoy he bebido a escondidas de la botella de ginebra que guarda mi padre, pero no se lo digas. En verdad no me ha gustado, de hecho me ha amargado el paladar pero no pude evitar hacerlo. Me he divertido. Quiero volverlo a hacer.

"¿Quién es este niño y de dónde sale?" Se preguntaba cabizbajo.

-¡Soy tú! -Respondió enfadado el crío.

-¿Qué?

El niño en un arrebato de ira incomprensible empujo la silla, lo calló de lado y se fue. Se había llevado un fuerte golpe en la cabeza. El anciano se le acercó.

-¿Has visto? La niñez está bien para cuando se es un niño. Los juegos de niños a un adulto solo le sirven para disgustos. Solo cuando aprendas a no ser niño, aprenderás a ser adulto.

-Y tú... ¿quién eres?

-¿Yo? Yo también soy tú.

*          *          *

El despertador sonaba incesante, más tenaz que nunca. Estiró el brazo y lo apagó. A su lado un vaso con agua en el fondo y una flotante rodaja de limón. Restos de en lo que en mejores momentos fue un gin tonic.