martes, 20 de marzo de 2012

El jilguero

Había una vez un joven, fiel amante de la naturaleza y sus encantos. Un día, saliendo de su casa, notó como de en un vecino árbol a su puerta salía un canto maravilloso. Un jilguero, con un canto como nunca había escuchado antes, prodigaba su habilidad musical por todo el entorno. El joven quedó fascinado y se sentó a oírlo.  Minutos más tarde, el jilguero, asustado por la presencia de un perro bastante ruidoso se marchó y el joven quedó vacío. Pensó:

-Ojala pudiera tenerlo siempre conmigo. Si fuese así, podría deleitarme con el cada momento del día.

Lo cierto es que el jilguero quedó igualmente fascinado con el joven. Jamás había visto a nadie atenderle con semejante entusiasmo y con una mirada tan ilusionada y perpleja. Aquella mirada mostraba tal admiración que decidió a el mismo árbol todos los días, a la misma hora que salió el joven.

Y así fue. Hasta tal punto que se acostumbraron el uno al otro. Pero siempre ocurría algo que hacía espantar al pobre animal. El claxon de un coche, alguna motocicleta que pasase cerca, el mismo perro u otro… Cuando esto ocurría, tanto el joven como el pequeño ave, quedaban vacíos. No obstante la brevedad de estos encuentros hacía que las ganas del siguiente fuesen mayores.

Un día, el joven, cansado de no poder oírlo siempre que quisiera hizo un pacto con el ave. Aunque le enjaularía, le protegería, le alimentaría, le daría calor en invierno y sombra en verano, y, sobre todo, escucharía siempre encantado su hermoso canto. El jilguero aceptó de buen grado el trato, ya que sentía afecto por el joven y por su admiración hacia su canto.

Todo transcurrió de esa forma. El joven se sentaba durante las mañanas y las tardes de verano a escucharlo cantar y el jilguero, orgulloso, cantaba para su público. Posteriormente terminó el verano y el joven tuvo que incorporarse a las clases, por lo que ya solo podía escucharle cantar de tarde.

Según fue avanzando el tiempo, el joven se comenzó a dedicar aun más a los estudios y el tiempo que tenía libre lo dedicaba a ver la televisión, alguna película, jugar a algún videojuego o salir a la calle. El canto por el que antes tanta admiración tenía se fue consumiendo y eclipsando. ¿Quién sabe los motivos? La cuestión es que nuestro pequeño protagonista seguía cantando igualmente tanto de mañana como de tarde, con público o no, pues era su naturaleza. Cuando notaba cercana la presencia del joven insistía aun más en intentar dar una forma realmente maravillosa a la musicalidad de sus trinos, con el fin de intentar volver a robarle la atención que un día le prestó.

El invierno se acercó y el joven, tal como le prometió, le dio cobijo dentro de su casa, pero seguía olvidándose del motivo principal que hizo que el pequeño jilguero aceptase el trato: la especial entrega y trato hacia su canto.

Un día el jilguero decidió cantar como nunca había cantado antes, dejarse enteramente en la labor que tan especial le hacía. Pero como siempre, no hubo especial atención. Después de aquel día, el pequeño ave no volvió a cantar más y se percató de que el joven ni siquiera se había dado cuenta.  Fue así como una fría noche el ave dejó escapar una lágrima, cerró los ojos y murió de frío, de frío del alma.