miércoles, 8 de octubre de 2014

Tarde de invierno

Arropados entre unas sabanas arrugadas y algo alborotadas, descansábamos con los ojos clavados el uno en el otro. Habíamos transcurrido ya un rato así, en aquel limbo. De pronto abrió sus labios y me dijo:

- ¿No hace rato que deberías haberte marchado?

Me quedé pensando, entristecido por la idea de romper aquel momento. El dedo índice de su mano derecha se deslizó lentamente entre las sábanas hasta acabar sobre la esfera del reloj que estaba en mi muñeca izquierda.

- ¿Ves que hora es ya? Se te va a hacer muy tarde.

Me comentó medio en broma con una sonrisa mitad inocente y mitad traviesa.

- ¿Sabes? -Le dije-. Estoy muy cansado de ser esclavo del reloj. ¡Se acabó!

Dicho esto me quite el reloj y lo arrojé al suelo de la habitación, sin mirar, cayendo sobre mis pantalones revueltos. Sus ojos me miraron con un ápice de incredulidad y asombro.

- No quiero saber hoy nada más de horas ni relojes. No me quiero mover de aquí.

- Vaya... No es nada propio de ti. Eso que acabas de hacer es muy irresponsable.

Sonreí y quedé conmovido por la expresión de ilusión y perplejidad de su cara. Una breve carcajada se me escapó y, tras hacer resonar un beso en la habitación, le respondí:

- Sí, tienes razón, pero creo que, dentro de todas las irresponsabilidades que puedo cometer, esta será la irresponsabilidad más bonita que habré cometido nunca.