viernes, 26 de noviembre de 2010

Segmento 1

     El cruce de miradas duró un instante. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Temblaba. Los motivos que le llevaron allí le parecían ya insignificantes. Una húmeda y espesa niebla envolvía todo aquel escenario de las afueras justo antes del amanecer. El sonido de cada paso sobre la tierra le taladraba los oídos. Tenía que concentrarse, no era tan difícil. Al fin y al cabo, había hecho aquello repetidas veces, es cierto que no contra personas pero si contra objetos. Era lo mismo. No, no era lo mismo y lo sabía. La otra persona también tenía un arma.

     La pistola le temblaba en su mano derecha. Esperaba haber acertado en la decisión. Era pistola o espada, y aunque contra un oficial del ejército ambas son un destino fatal, prefería la pistola que al menos tenía más práctica que con el sable. Tenía que agarrarla firmemente. No podía temblar. Tenía que hacer el esfuerzo aunque solo fuese por milésimas de segundo que duraría el fatal y agónico instante final. Sudaba. ¿Cómo podía sudar en pleno enero? Pero, sin embargo, sudaba. Necesitaba controlar su respiración, los nervios, el frió, los temblores... ¿Cómo controlar todo aquello y además apuntar con precisión?

     Bajo aquel delirio, en medio de la bruma dos personas observaban atentas e inmóviles la predecible tragedia. Un testigo por cada duelista. Un silencio sepulcral embargaba el ambiente. Pronto la sangre alguien bañaría la tierra de aquel páramo desierto que jamás espero semejante suceso y que para el amanecer ya se habrá olvidado.

     Cada paso se le hacía un mundo, un muro infranqueable, un mundo eterno. Ya faltaba menos. Tenía que prepararse. Tragó saliva. Respiró profundamente. Ya solo quedaba un último paso. Lo dio. Todo transcurrió en un suspiro. Se giró, apretando fuertemente los dientes, notaba tensos los músculos de la cara, los brazos y las piernas, elevó la pistola y dos ecos resonaron en la nada.